La opinión pública ciudadana nacional e internacional enfrenta desde ayer un hecho inédito en la historia de Chile y del mundo. Que un ex presidente muera envenenado, víctima de quienes ejercían en esos años un poder dictatorial sobre el país. Otras personalidades opositoras a Pinochet habían sido víctimas de su inaudita violencia homicida – pero nunca antes un ex presidente de Chile. El sufrimiento del ex presidente en sus últimos días, el de sus familiares durante años y el de los chilenos, ahora que el juez Alejandro Madrid ha presentado su resolución de procesamiento y que se sabe que el crimen contra Eduardo Frei Montalva fue ejecutado de manera organizada y cruel - debe encontrar un país que sea capaz de enfrentar el impacto y las consecuencias de lo que significa esta tragedia.
Una de las particularidades del fascismo en cualquiera de sus versiones, también en la criolla, es su crueldad sin límites. El desafío hoy es mirar de cara a ese fascismo de ayer. Pero la evidencia de este crimen es también un desafío para la derecha chilena, ayer fascista, hoy actores políticos en democracia. Por sus primeras reacciones, ya se ve que ésta no será clara. Proyectan un reconocimiento evasivo de un crimen que los mancha. El Mercurio, cuyo envejecido fascismo aún transpira por sus editoriales, lidera hoy lo que probablemente sea la línea de la derecha. No reconocer, pública e hidalgamente, un crimen de su entonces aliado Pinochet – sino disminuir el impacto por ser una resolución de primera instancia. Queda claro entonces que esta derecha hoy no reconocerá el mayor de sus crímenes.
